La última vez que estuve en Madrid, mi hermano asistió a unas jornadas de terapia regresiva reconstructiva, si mal no recuerdo su nombre. Su estado de ánimo fue como si se hubiese librado de un trauma del pasado o algo parecido y se hubiese quitado esa carga de encima. Me dijo que no hace falta ser experto para hacer una terapia de esas, viene a ser un poco como en la novela de Momo, que muchas veces sólo necesitas sentirte escuchado para desbloquear tus pensamientos y tú mismo dar con las soluciones de los dilemas que te planteas.
Me propuso hacerme una terapia de esas a mí, y, en el transcurso de la conversación, algún resorte mental se me debió activar pues no tardé en relacionar recuerdos entre sí con las emociones que dichos recuerdos me producían. Sólo me hice una pregunta: ¿Cuál es la causa de mi jodido carácter? Y eso por si solo desencadenó la siguiente hora y media de conversación, casi más bien de monólogo porque no paré de hablar en todo ese tiempo. El primer principio viene porque, aunque, ya haya superado en cierta medida la barrera de romper el hielo con la gente (gran hándicap durante mi adolescencia) siempre he sentido la ansiedad (recalco lo de “ansiedad”) de sentirme aceptado. Mis padres llegaron a creer, en su inexperiencia de padres primerizos, que yo padecía algún grado de autismo pues hablaba en tercera persona y decían cosas tales como que no me gustaba mirarme al espejo… Pero al parecer los pediatras o quienes carajo fueran, les dijeron que, simplemente tenía una imaginación de tres pares de cojones. Yo la parte que recuerdo de todo eso es que, mientras cualquier niño pequeño, cuando ve que produce gracia a su alrededor, se siente aceptado y al gustarle esa sensación, repite todo el rato gestos similares; qué va, yo detestaba eso de que me rieran las gracias, pues me juego el nabo y no lo pierdo (más que nada porque sigo siendo así) a que en mi limitado razonamiento de inocente parvulito pretendía que se me tomase en serio con lo que decía. De mi infancia no me puedo quejar ni mucho menos, pero hay una sensación que no sé si es real o no, que por desgracia recuerdo. Digo que no sé si es real porque no sé si es normal en un niño de 7, 8 o 9 años sentir impotencia de no tomar parte en casi ninguna decisión que se toma a su alrededor, ni siquiera en las que me afectaban directamente. Puede que mi memoria me traicione o que fuese un insufrible pedante que quería tener más poder del que me correspondía. Pero desafortunadamente, sólo puedo decir que el recuerdo que tengo es ese.
Reconozco que tengo un carácter para echarme de comer aparte, con buenas intenciones, pero cansino y con muchas manías. Ahora puedo llegar a entender por qué incluso en mi infancia no era la clase de niño con el que todo el mundo quería estar en el recreo.
Se me vienen a la cabeza, sobre todo, recuerdos de cuando estaba en el colegio San Miguel, recuerdos de como todos los pijomierdas de los cojones ya habían ido a Port Aventura con sus papaítos, cosa que, cuando se decidió a dónde se quería ir de viaje de fin de curso, se propuso Londres, harto inalcanzable para el poder adquisitivo de mis padres, más con lo que costaba el colegio. Al único viaje de fin de curso que pude ir con ese cole, fue al de Huelva y recordaré perfectamente en el comedor del hotel como cuando se nos dijo que las habitaciones eran para equis personas (¿4 puede ser?), no sé si es que lo tenían pensado de antemano o yo fui lento de cojones decidiéndome, pero me tocó con dos cacho de cabrones que no conocía de nada en una habitación para dos a la que le añadieron una triste cama supletoria. Para colmo de mi humillación, lo primero que hicieron los criajos fue regodearse de que podían saltar en la cama (de matrimonio) y cuando yo lo intenté, para no ser menos, me cargué un listón del somier, y me tocó clavarme el hueco resultante los tres días siguientes.
Pero entrando en cosas ya más recientes en mi memoria, para mi comunión me regalaron la Gameboy, la primera de todas, la gris tocha con pantalla monocroma y que venía en el pack con el Tetris. Si no me llega a venir con ese videojuego, no la estreno, porque mis padres eran reacios hasta la crueldad, de fomentar en mí ese vicio insano de mil demonios (guiño guiño). Cosas como que, también en mi comunión, maldita la hora en la que me regalaron en vinilo aquel primer recopilatorio de Puzzletron, yo creo que pasé de las canciones de David el Gnomo y “Los Fruittis” a eso directamente. Y claro, mi padre no tanto porque nunca ha sido melómano, pero mi madre muy de Los Beatles, Jarcha, Elton John, Isabel Pantoja, Mecano, Elvis, Pólice y cosas más asequibles al oído que aquel incipiente “chunda chunda” más conocido como bakalao, pues no le hacía ni pizca de gracia, con la consecuente rebeldía mía y ese creciente “mecagüen Dios” que se iba gestando en mis entrañas.
Ya en la adolescencia mis gustos musicales se iban fraguando, ya no era tanto chunda chunda, pero sí más pop comercial y no comercial (lo poco que tenía ocasión de escuchar la radio que tan mal se pillaba en Pelayos de la Presa, hasta para eso era Forever Alone) pero los gustos de la “fauna local” se decantaban más por el flamenquito mierda y la tecno rumba y claro, al no ser el típico fiestero al que le mola emborracharse a calimotxo y fumar, pues otra razón de más.
Recuerdo la adolescencia como la etapa más turbia de mi vida. Por supuesto, mi familia seguía en sus trece con eso de demonizar los videojuegos. Lo que diga la tele, faltaría más, los juegos sirven para que los chavales tengan ganas de matar a sus padres con una katana o que quieran tomar diazepam para sacarle partido al rifle de francotirador, armas que todo el mundo tiene en su casa. Y ya el remate vino cuando comenzó la peor época cultural de la historia reciente de España, cuando desapareció Max Music y los “Megamixes” comenzaron a llamarse “Sessions”, cuando los DJ’s empezaron a ser catalogados como estrellas; cuando maldita la hora en la que salieron las primeras partes de Saw, The Fast and the Furious, American Pie y demás mierda. Cuando Crónicas Marcianas dejó de ser un magacín nocturno serio para convertirse en el germen del insomnio de la mayoría de los chavales de la época que luego venían diciendo no se que coño de Amparo. Cuando tener coche significaba ser poderoso porque las muñequitas de placer deseaban aprovecharse de eso para que las llevasen a las discotecas que, curiosamente, se encontraban todas o bien en polígonos industriales al lado de alguna carretera nacional o bien en pueblos de 6 o 7 habitantes a tomar por saco del culo del mundo, para que el peregrinaje fuera largo y si eras un desafortunado al que habían llevado hasta allí, no tuvieses ocasión de escapar hasta que al conductor (borracho por supuesto) no le saliese de los cojones irse, que, con suerte, sería cuando cerrasen la discoteca, a las 8 o 9 de la mañana del día siguiente. Cuando ser bueno era ser pagafantas sí o sí.
Me doy cuenta de que como compartas alguna afición conmigo la has cagado, porque me poseerá un halo de entusiasmo que no hay dios que me lo quite en horas y llego a ser el tío más coñazo bajo la capa del cielo. Hace pocos días, estando yo en la habitación escuchando la BSO de “El último mohicano”, peli que no he visto aun (entre otras tantas), al entrar uno de mis compañeros, me dijo. “¿Eso qué es? ¿La banda sonora de “El último mohicano”, no?” Normalmente, la peña confunde entre sí las bandas sonoras de Gladiator, El último mohicano, Braveheart y Titanic, incluso alguien por ahí llegó a confundir una de esas con la de Terminator, con dos cojones. Es perfectamente normal, nadie tiene porque tener las mismas aficiones que yo. Pues me sorprendió que mi compañero la identificase a la primera, entonces me confesó su afición a escuchar bandas sonoras, y pasó lo propio. Pero luego pasa el efecto contrario, que como a mi llevan toda mi jodida vida desacreditando mis aficiones, a cada edad las que tocaban, pues yo me pongo siempre a la defensiva y desacredito las suyas, aunque luego cuando Belcebú sale de mi cuerpo, me hacen entender que cualquier afición es respetable y que no necesariamente determinada música convierte en cani a quien la escucha.
Pero es que mi problema de carácter ha ido a peor. Lo de mis impulsos con la pasta son solo la punta del iceberg. Hasta mi madre se ha dado cuenta de que con ella me pongo agresivo verbalmente en ocasiones. Claro, aquí dentro, no puedo pretender que alguien esté siempre al otro lado del teléfono cuando lo necesito, y quizá soy reacio a entablar relaciones de confianza según con quien y todo eso se va sumando… Y ahora mismo no estoy pasando por mi mejor momento precisamente. Estoy pensando maneras de cómo traerme a mi novia a España a corto plazo y no matar del disgusto a mis padres en el intento. Lo más sensato y no queda más cojones que esperar, es que empiece los estudios de lo de los videojuegos el año que viene y esperar a que esté en una situación mejor. Si ella se viene a España tal y como estamos con 5 millones de parados… En fin, que buscaré métodos alternativos de ayuda. Y a ver si mi hermano me hace la terapia regresiva y si sirve de algo. Que la Potra os acompañe. Ciao
